Orfeo: La poesía lírica en el Hades

Para citar este artículo:
Gallego Cortés, Carolina (Marzo de 2016). Orfeo: La poesía lírica en el Hades. Web universo arke. blog-topos, Reflexiones. Recuperado de: https://www.universoarke.com/blog-topos/reflexiones/orfeo-la-poesia-lirica-en-el-hades. Diciembre 17, 2018 - 12:06
Palabras Clave: 
Orfeo y Eurídice. George Frederick Watts
Orfeo y Eurídice. George F. Watts

Resumen

El hombre al que haré alusión en este escrito es reconocido por la hazaña de desafiar con su armonía a uno de los dioses más poderosos de Grecia, a Hades, dios de las profundidades, en donde habitan las almas desprovistas de cuerpo; a éste lugar sólo se puede llegar cuando se abandona el cuerpo. Orfeo entra allí “embriagado” de amor (poseído por Eros), para componer con su Lira cantos que evoquen la presencia de la musa Mnemosine, aquella que activa las imágenes primarias contenidas tanto en dioses como en hombres. Orfeo, a través de su melodía, le recuerda al dios del Inframundo “las normas y sabias costumbres” para así conmoverlo a retornar a su querida Eurídice, pues  ella es su inspiración, y su ausencia, es la ausencia de la belleza en las cosas que le rodean, sin la cual un aedo o un citarista no podría revelar el mensaje de las musas.

La poesía de Orfeo es “el propio canto de Apolo, es decir, expresión, manifestación, música y letra, pero en cuanto a su contenido, reproduce –a través de la pasión dionisiaca- el mismo misterio de Dionisos”[1].  Por ser Hijo de Apolo[2] y de la Musa Calíope[3],  Orfeo posee la dualidad que integra a Apolo y a Dionisos: su carácter sapiencial y el conocimiento del mundo divino, expresado en el mundo de la realidad, a través de la apariencia es dado gracias a los atributos de sus padres. Apolo le  proporciona la mántica o adivinación, a través de la Lira[4]; y Calíope le ha dado uno de los cantos mas importantes que poseen las musas, pues ésta, además de otorgar una bella voz, le ha proveído de sus contenidos, es decir, de la “proclamación de la verdad”, propia de Dionisos.

Hades conoce del origen de Orfeo y de la gracia que le fue concedida por los dioses, pero también comprende, tras escuchar su armoniosa melodía, la “locura” -pathos- que Eros ha puesto en Orfeo, cuando a través lira le ha inducido a asistir al Hades,  sin antes morir. Allí, Orfeo ha entonado una melodía que narra como siendo amante de una amada ausente, y poseído por Eros, deambula con su lira entorno a Eurídice[5]; y al caminar sin rumbo por la melancolía, su naturaleza (divina-poética) le ha indicado como asistir al Hades para acudir al encuentro de su amada.

Orfeo: Es así como llegue a éste  lugar con la lira (mensajera de Apolo) para convencerte ¡oh custodio y morador del Inframundo! de la necesidad (Ananké) que tengo de la Ninfa Eurídice. 

Hades conmovido con la bella y armónica manifestación de Eros -el dios del amor-, pero además, conocedor de los designios de los dioses evocados a través del canto de las musas y ahora en la poesía lírica en Orfeo, le concede a este hombre - dios lo solicitado, pero a cambio le pide dejar allí “sin develar” lo que es propio del lugar: Su carácter oscuro y misterioso.

Hades: No podrás mirar a Eurídice mientras estés aquí; sólo tornarás la mirada hacia ella, cuando salgan de las profundidades de mi territorio.

Pero Orfeo, hombre - dios, que poetiza el mundo desde lo vivido, se hace impaciente, desea cerciorarse de ser visto por ella, desea sentir su aliento. Es entonces cuando mira hacia atrás, aún sabiendo que dicha violencia a la palabra pactada, implica también, el rompimiento de lo acordado y Eurídice regresa al Hades. Esta necesidad (Ananké) que Orfeo siente por Eurídice, y por conocer su mirada en el Hades, es la que le hace volver su mirada hacia ella, dudar de sí y del pacto hecho con Hades, ocasionando su desvanecimiento en la oscuridad. Pero ese instante de “desvanecimiento en la oscuridad” también se convierte en la eternidad (Adrastea), es decir, en el tiempo que no envejece.

“Orfeo no dejó de estar orientado hacia Eurídice: la vio invisible, la tocó intacta, en su ausencia de sombra, en esa presencia velada que no disimulaba su ausencia, que era presencia de su ausencia infinita”.[6] Al contemplar su belleza se queda sin aliento…

El “tiempo que no envejece” y la “necesidad” relacionados en la contemplación, es lo que me inquieta a explorar, no sólo en la historia de Orfeo y Eurídice la influencia que tienen Apolo y Dionisos, sino también la presencia de Mnemosine[7] en el Orfismo; pues en la doble manifestación de Orfeo, ella se percibe de manera diferente. En Dionisos, Mnemosine se expresa como la “presencia inmediata” que se vive plenamente. Allí, las imágenes agentes (Aísthesis)[8] se perciben estéticamente, hacen “arder el alma” y “quedar sin aliento” ante tal excelsa inspiración. Esas imágenes inspiradoras de mundo, se muestran tal y como son, se olfatean, pero no pueden hacerse lenguaje, pues al presentarse de manera inmediata, así mismo se olvidan. En cambio, en Apolo, Mnemosine, no sólo se expresa como “presencia inmediata”, sino que logra, a través de los sentidos y de la percepción, elaborar la imagen: amplificarla, re-crearla. Así,  cuando la imagen comience a desgastarse y se haga ausente; se vuelva recuerdo. 

Esta doble presencia de Mnemosine tiene en común que deja de lado la materialidad del cuerpo como vehículo de la vida (bios) para hacerse esencia (Zoe) en la profundidad de la mirada, pues es allí donde se encuentra el sentido de este mito o ¿de qué otro modo podría hacerse visible lo invisible? ¿De qué otro modo podría hacerse manifiesta la doble naturaleza de Orfeo?. La poética que Orfeo entona,  influenciado por la musa Calíope y Dionisos  devela verdades cósmicas como “pensar y decir lo que es correcto”; mientras que la poética que Orfeo entona con la presencia Apolo, se hace visible gracias a la consciencia expectante[9] por lo desconocido, aquello que es designado a unos pocos y que requiere de constante ejercicio o quizá de un mediador (Eros) para hacerse entendible.   

Una aproximación a dicho estado en la actualidad, puede darse en los rituales chamánicos con Yajé, en los que “en compañía de la planta sagrada”, la consciencia (Apolo) se desplaza a visitar lugares habituales para el alma, más no para ella. Pero la consciencia, no logra reconocer las imágenes de otros lugares por leerlas desde su cotidianidad, por asociarlo o equipararlo a las imágenes del lugar que habita, en las que la diversidad de las experiencias se reducido y agotado en lo material, y debido a ese y múltiples “movimientos” y “encasillamientos”, la consciencia desconoce de las “normas y sabias costumbres” que llevan implícitas las imágenes del alma por pertenecer a la naturaleza. Del mismo modo, ella es incapaz de comprender el simbolismo y el contenido que en las imágenes existe… La consciencia teme, al observarlas contemplativamente.

La consciencia al habitar con el alma los diversos lugares (Topos)[10] en que ésta última mora (en compañía de la llama encendida, que alude a Apolo), extrae de la oscuridad (Dionisos) imágenes que la desconciertan, que no comprende, pero que -sin explicación alguna- desea; se hace presa del estado que vive, en el instante mismo de su presencia y se deslumbra ante su magnanimidad, del mismo modo que lo hizo Psique, cuando sintiendo miedo de su amante, ilumina su rostro y queda “sin aliento” al ver       -ante la llama de la vela- el rostro más bello del amor, a Eros.  

Asistir a una experiencia tal, guiado por quien conoce el lugar  -la personificación de Caronte, es decir, el “Chamán”-, posibilita la entrada en la profundidad; pero el encuentro con las imágenes del alma es tan íntimo, que tanto el guía, como el espectador, se relacionan de manera distinta con éstas, y extraen de aquellos lugares recuerdos diferentes (acordes con la luminosidad que posea a quien las viva), aun cuando las imágenes sean las mismas. La consciencia expectante, hasta en el Hades - por la naturaleza que la posee, es individual; de ahí que sea a través de la mirada hacia el alma, que la consciencia logra crear sus impresiones, a partir de lo que han percibido sus sentidos al apreciar la  belleza en la naturaleza.

Las imágenes permanecen ocultas -en el Hades- al lenguaje; porque el lenguaje ha querido materializar en su morfe,  los encuentros que ha tenido con el alma en algunos de los lugares recorridos.  Pero quien vive la experiencia con Apolo (la consciencia expectante), dios de “la mántica” cuando se encuentra ante la “presencia inmediata” de las imágenes, no logra develar su contenido para apresarlo en la palabra gramaticalmente articulada; sino que es en la sobriedad -más no poseído por la locura mántica- donde las imágenes descriptibles simulan el éxtasis de la vivencia, con palabras significativas e iluminadoras para que, de ésta manera, se acercasen a una comprensión racional, pero al mismo tiempo, poética y colectiva.

La presencia de Apolo, manifestada en Orfeo, viaja a las profundidades del Hades, del mismo modo  que  lo  hace  quien  -en  compañía  de  las “plantas sagradas”- viaja a su encuentro, para reconocer en las imágenes o en la mirada de Eurídice al alma en su lugar primigenio, ver su esencia; y en ella(s), ver la suya propia (Dionisos)… y quedarse allí contemplándola(s). Por ello, el regresar a Tracia de Orfeo, o el regresar a la cotidianidad la consciencia, implica un deambular en el cuerpo, pues la mirada se ha hecho eterna, profunda, como “muerte que es muerte sin fin, prueba de ausencia sin fin….”, como residencia infinita en la muerte, en la contemplación de la esencia.

El alma de Orfeo se visibiliza a sí misma, en la relación con la naturaleza (Eurídice y el mismo Hades); se refleja en ellas como en un espejo, a través de actitudes, lenguajes,  acciones y reacciones. Las imágenes que emergen de la mirada en la naturaleza están desprovistas de significado; sin embargo, la cercanía espontánea con ellas, provee de reflejos inconscientes que “remiten al sí mismo” a lo que se desconoce en la existencia,  a la muerte (Hades).

Pero Orfeo, el acto de “asistir al Hades para ver el alma”, y “volver la mirada sobre Eurídice mientras habitan en el Hades, y poetizar sobre lo vivido”  es cuestionado por Apolo. Éste condena dicho acto “…como una locura sin justificación o como la expiación de la desmesura”[11] que no reconoce “Apolo” como propia de su naturaleza, sino como la manifestación de “Dionisos”. A pesar de ello, Orfeo ¡hombre inmortal!, difunde y materializa, por medio de sus obras poético-líricas el enigmático reino del Hades, y lo hace con la ayuda de Mnemosine.

De esta unión se despliegan las nacientes artes que antes Apolo tenía a su cargo, puesto que él “…con sus himnos alegraba el inmenso corazón al padre Zeus, cantando al unísono el presente, el futuro y el pasado”[12] y en compañía de las musas y de sus delicadas voces, cantaba “las ordenanzas y prudentes costumbres de todos los inmortales”[13]. Ahora es Orfeo quien orienta las rapsodias, quien se hace visible a otros a través de sus poemas; su corporeidad ésta (mediada) en la relación que establece con los lectores y escritores que encuentran en su mito, una posibilidad de “agotar el infinito, poner término a lo interminable” y hacer un eco, con las palabras de las imágenes vistas, sentidas e imaginadas.           

Y a quienes requieran vestigios materiales de su presencia en la historia de Orfeo ¡hombre inmortal!; su poesía puede contrastarse, en la antigüedad, desde las diversas tablillas, descubiertas en  algunos territorios de Grecia como Petalia, Farsalia, Turi, Tesalia e Hipona[14]; en ellas Mnemosine se manifiesta de manera protagónica, como lo describe el siguiente fragmento:  

 

De Mnemosine es este sepulcro. Cuando te toque morir,

Irás a las espléndidas mansiones de Hades;

A la derecha hay una fuente (Lete) y junto a ella un blanco ciprés

Que se yergue altivo;  allí se refrescan las almas de los muertos.

A esas fuentes no te acerques demasiado;

Enfrente encontrarás el agua fresca que brota

El manantial de Mnemosine, allí arriba hay guardas

Que te preguntarán desde el fondo de su corazón

Qué vas buscando en las tinieblas del funesto Hades

Diles: Soy hijo de Berea y del Cielo estrellado y vengo muerto de sed;

dadme en seguida el agua fresca que brota del manantial de Mnemosine.

Y ellos se apiadarán de ti, por voluntad del rey del abismo,

Y te darán de beber del manantial de Mnemosine:

Y aún tendrás que andar mucho por el camino sagrado

Que también otros iniciaron y poseídos por Dionisos recorren llenos de gloria.[15]

 

Orfeo atribuye dicha importancia a Mnemosine, pues es ella quien “extrae del pozo de la visión mistérica y, mientras apunta hacia el pasado, conduce por medio de la poesía a la experiencia iniciática, de donde brotan las imágenes de los dioses”[16].  Para ello, Mnemosine establece una estrecha relación entre Ananké (principio de las representaciones sensibles, es decir, la necesidad) y con Adrastea (principio de las representaciones abstractas, es decir, el tiempo que no envejece).   Ella se manifiesta, como lo que se divide para volverse a unir; ella nos recuerda dónde está el origen de las imágenes que cotidianamente se presentan como reflejo de aquello que nos atrae descubrir. Eso es lo que representa Eurídice para Orfeo: el descubrimiento de sí mismo a través de la melodía que su lira emite cuando está poseído por Eros en la contemplación de su bella mirada. 

Quien lee y escribe sobre Orfeo, busca dilucidar en su imagen, el objeto de su mirada. No sólo como una hazaña, sino como el sentir mismo de quien puede acercarse a las imágenes primeras (a lo desconocido), con el miedo, el auxilio, la ausencia, la necesidad de la presencia de Eurídice en la suya propia, por la Aísthesis que dicha ninfa despierta. Pero además, este mito es propio de quien se encuentre con el deseo de estar y no estar en el único lugar en donde dicho ¡hombre inmortal! puede tocar su más excelsa obra;  aquella que, desposeída de la palabra entona la promulgación de la verdad; aquella que, amparada en el amor como acto de posesión, entremezcla las miradas de quienes inmersos en la rapsodia órfica, viven la experiencia.

La poesía Lírica de Orfeo en el Hades se constituye en una de las figuras míticas que  puede representar el discurso griego; pues su obra, es una de las primeras maneras en que el hombre difundió su pensamiento, a partir de la profundización de éste en aquellos lugares inhóspitos a los que podía acercarse a contemplar las imágenes de la psique, a aquellos territorios a los que Carl Gustav Jung llamo “Psicoides”, y que se encontraban en el inconsciente colectivo.

 

Bibliografía

Blanchot, Maurice. El espacio literario. Paídos. Barcelona, 1992.

Colli, Giorgio. La sabiduría griega. Trotta. Valladolid, 1995.

Hesiodo. Teogonía, 1, 40. 2° reimpresión. Alianza editorial: Madrid, 2003.

Yates, Frances. El arte de la Memoria. Editorial Siruela: España, 2005.

 

[1] COLLI, Giorgio. Sabiduría Griega. Editorial Trotta, Valladolid, 1998. Pág. 42

[2] Dios que ataca en la distancia, con fuerza (la armonía de su lira) y violencia (el arco y la flecha), poseedor de la locura divina de la adivinación (mántica). “El arco y la lira son los dos atributos contradictorios y dominantes”. COLLI, Giorgio. Sabiduría Griega. Trotta. España, 2008. Pág. 26

[3] Poetiza épica que posee una “locura divina poética” con la cual asiste a los venerables reyes para que “proclamen la verdad”; ella les otorga “una bella voz tanto en timbre como en contenido”. (Tomado de Hesíodo. Teogonías, 85. 2° reimpresión. Alianza editorial: Madrid, 2003. Pág. 14) y es hija de la musa Mnemosine.

[4] La lira es, por excelencia, el instrumento de la consciencia, de las artes, de la calidez y de la belleza de Apolo.

[5] Es importante recordar que Eurídice es una Ninfa que Orfeo oye y ve en el silencio de la naturaleza, en uno de sus recorridos por el bosque; ella no es un personaje exterior, no posee un cuerpo como el humano; ella es la expresión de la belleza en la naturaleza, es la esencia que el poeta logra ver en el acto de posesión que la musa le provee.

[6] BLANCHOT, Maurice. El espacio literario. Paídos: Buenos Aires, 1992. Pág. 162

[7] Mnemosine es la musa que tiene la facultad de conservar en los hombres el valor y el brillo de su pensamiento; también recibe éste nombre el río que desemboca en el Hades y que calma la sed de las almas que han descendido a dicho lugar porque su cuerpo ha muerto; allí reposarán mientras transmigran a otro cuerpo. Pero Mnemosine en el Hades está acompañada por Lete, la ninfa del olvido, y quien bebe de sus aguas, no recuerda lo vivido en el pasado; por ello sólo la toman las almas antes de transmigrar en otro cuerpo.

[8]En griego, la actividad de percibir o sentir es la aísthesis, que significa originalmente, asumir e inspirar: un quedarse sin aliento, la respuesta estética primaria” (HILLMAN, James. El pensamiento del corazón. Siruela: España, 1999. Pág. 76). La aisthesis utiliza el órgano del corazón para percibir, que a su vez es la representación de Dionisos; ya que después de haber sido despedazado por los Titanes y esparcido por la tierra, fue lo único que permaneció intacto, quizá por estar conformado de sangre condensada, y al carecer de buen sabor es despreciado. Pero el corazón, como representación de Dionisos, y los titanes como representación de la corporeidad, son los dos componentes de la naturaleza humana de los hombres.

[9] Por conciencia expectante se entiende la luminosidad que posee el hombre cuando, en compañía de la llama encendida que representa a Apolo, se acerca a las imágenes primarias que se encuentran contenidas en la Psique.

[10] Los Topos son los lugares o receptáculos en los que la psique ha puesto las imágenes que, a través del tiempo que no envejece (Adrastea), ha recopilado. Según Frances Yates, en su libro, “El arte de la memoria” dichos lugares deben ser amplios, aireados e iluminados, ordenadamente construidos o elegidos, separados unos de otros, en los que se puede guardar sentimientos, emociones y experiencias; pero en el Hades, los Topos no podrán tener las mismas características que describe Yates. Éstos serán  desconocidos y desconcertantes, ajenos a nuestro entendimiento y a la manera convencional de ordenar, distribuir y linealizar el pensamiento. 

[11] BLANCHOT, Maurice. El espacio literario. Paídos: Buenos Aires, 1992. Pág. 162

[12] Hesíodo. Teogonía, 1, 40. 2° reimpresión. Alianza editorial: Madrid, 2001. Pág. 31

[13] Ibíd., 1, 60. Pág. 32

[14] Las tablillas encontradas, manifiestan la naturaleza de Orfeo quien, a través de la composición de poemas líricos sobre el Hades, logra materializar en la escritura las vivencias de aquellos que,  pudiendo acceder a rituales de iniciación y contemplar la unidad con el cosmos, han decidido hacerlo en silencio. Mientras que Orfeo, en compañía de Mnemosine, recrea  la “inexistencia en el momento mismo” de lo visto en dicho lugar, pues con el quebrantamiento de su palabra, de la palabra de Apolo, logra traer de la profundidad la imagen al recuerdo y con su desmesura cambia la presencia de Eurídice. Su mirada ahora se manifiesta en la huída hacia la profundidad, hacia la oscuridad, la misma que ahora posee a Orfeo como el espejo en que se conoce a sí mismo.         

[15] COLLI, Giorgio. Sabiduría Griega. Editorial Trotta, Valladolid, 1998. Pág. 179

[16] Blanchot, Maurice. El espacio literario. Paídos. Barcelona, 1992. Pág. 24